Del patio del colegio a la COP30: los niños y adolescentes entran en escena en los debates sobre la justicia climática
El Instituto Alana subraya que escuchar a los niños y adolescentes es un paso imprescindible para hacer frente a la crisis climática y hallar soluciones duraderas

Por Capitu Maciel del Instituto Alana
Desde el patio del colegio hasta las salas de negociación, los niños han hablado sobre su presente para construir un futuro mejor. En un contexto marcado por las desigualdades agravadas por la crisis climática, garantizar la inclusión efectiva de la infancia —desde la escucha activa hasta la utilización de un lenguaje accesible y amigable que permita su participación significativa— es hoy una exigencia ética, jurídica y política que debe estar presente en los espacios de decisión, tanto locales como globales, como la 30.ª Conferencia de las Partes (COP30) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
La Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) de 1989 y el Comentario General n.º 26 del Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas de 2023 refuerzan la idea de que toda decisión medioambiental debe tener en cuenta el interés superior del niño como consideración primordial. Los niños, que según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) representan un tercio de la población mundial, son uno de los grupos más afectados por las múltiples crisis medioambientales que estamos viviendo y deben ser actores centrales en las negociaciones sobre el futuro que heredarán.
Inicialmente, su participación fue limitada en la historia de las COP. Entre 1992 y 2010, las referencias a este colectivo fueron esporádicas en los canales de negociación. Con el tiempo, esta presencia evolucionó hacia una participación estratégica, a partir de la creación del Programa de Trabajo de Glasgow para la “Acción para el Empoderamiento Climático” (Glasgow Work Programme on ACE). Este impulso continuó con la celebración del Diálogo de Expertos sobre Niños y Clima en 2024 y culminó con las recientes decisiones de la COP29, que incluyeron indicadores sobre salud y educación dirigidos a la infancia y que reconocieron los impactos desproporcionados de la crisis sobre las niñas y los niños.
La COP30, que se celebra en Belém, tiene el potencial de marcar un nuevo capítulo en esta trayectoria: dar continuidad y potenciar el creciente movimiento para integrar los derechos de la infancia en los diferentes canales temáticos de la agenda climática, desde la adaptación y la mitigación hasta la transición justa, el género, el financiamiento y las pérdidas y daños. Varias propuestas y recomendaciones apuntan a una gobernanza climática más intergeneracional que reconozca a los niños y adolescentes como agentes de cambio y beneficiarios prioritarios de las políticas climáticas. El policy paper "Los niños y las COP sobre el clima", elaborado por el Instituto ALANA y LACLIMA (Iniciativa Latinoamericana de Abogados para la Movilización de la Acción Climática), destaca, entre otras cosas, la necesidad de reconocer y fortalecer la producción de datos desglosados que tengan en cuenta el grupo de edad, por ejemplo, en los canales de Adaptación y Género.

Además, como recuerdan las recientes decisiones de la ONU —como la Observación general n.º 26 del Comité de los Derechos del Niño de la ONU (de 2023), el Dictamen Consultivo sobre el Cambio Climático (2025) y la Opinión Consultiva sobre los Derechos Humanos y la Emergencia Climática (2025) de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), los Estados tienen la obligación legal de proteger los derechos de los niños ante la emergencia climática. Esto incluye garantizar que el financiamiento climático y los programas educativos tengan en cuenta sus necesidades y vulnerabilidades, algo que también debe reflejarse fuera de las salas de negociación. Además, la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño, el tratado más reconocido a nivel mundial establece que los niños deben ser considerados prioritarios a la hora de tomar decisiones y garantizar su protección.
En colegios, comunidades y territorios, las MiniCOP —reuniones locales para escuchar y debatir con niños y adolescentes— demuestran que la participación infantil y juvenil es posible y transformadora. Son niños y adolescentes que aportan ideas, soluciones y esperanzas para un planeta en crisis. Están en movimiento para “actuar por un mundo sostenible”, como propusieron los niños de Aripuanã, en la Amazonia Legal de Mato Grosso, y de Glória de Goitá, en la Zona de la Mata de Pernambuco, mientras debatían sobre el impacto del clima en sus regiones, decoraban juguetes hechos de miriti (moriche) y creaban cuadros con y sobre la naturaleza.
En Belém, el reto será convertir este reconocimiento en acción. Escuchar a los niños no es un gesto simbólico, sino un imperativo de justicia climática y equidad entre generaciones. Si la crisis climática también es una crisis de los derechos de la infancia, es urgente tener en cuenta sus múltiples formas de expresión y existencia en las mesas en las que los países y los constituyentes escriben los próximos párrafos de esta historia. Porque el futuro que se negocia en la COP es, ante todo, el presente de los niños y niñas que ya sienten hoy los efectos de la crisis climática.
Las opiniones expresadas en este artículo son del propio autor.
